Opiniones sobre la monogamia

Es un tema difícil. Es un tema donde nuestra opinión abierta no suele ser coherente con nuestra reacción cuando somos víctima de una infidelidad en carne propia. Es fácil hablar de la lógica de la imposibilidad de no desear a otra persona por los siglos de los siglos. De mantenernos enamorados permanentemente, en tener la fuerza y en temple para no pecar ni de pensamiento, ni de palabra, ni de acción. Por mi culpa, por mi gran culpa.

Pero la vida es otra cosa. Nuestra naturaleza polígama de mamíferos, otra. La interacción permanente con los demás seres humanos, las relaciones intensas de trabajo que nos abren la puerta a una intimidad. Las líneas tan frágiles con las que conviven nuestras relaciones humanas. El erotismo permanente que baila, que salta en todos los rincones de la tierra.

Miramos, olemos, pensamos, fantaseamos. Hay olores, hay ojos, miradas, sonrisas, aromas, voces, palabras, gestos que se conectan, atracciones que se dan inevitablemente. Otra cosa es lo que decidamos o podamos hacer con todo eso.

Existe además el propio desgaste de la relación. Existe también el ego, las dudas existenciales. Cosas como necesidad de reafirmación, de aceptación, muchas veces producto de las mismas dinámicas poco sanas en las que a veces incurren los que conviven y dicen amarse hasta que la muerte los separe.

Pero volvamos al concepto. Yo no puedo imaginar lo que es dormir, respirar, tocar, a amar y escuchar a una misma persona durante, por ejemplo, 20 años. La sola idea me produce ternura pero también un profundo terror soterrado. La monotonía se me ocurre y me corta el aliento.

Mi esperanza es que si llega el caso, pueda inventarme una fórmula nueva. Me salva el hecho de estar en el umbral de la cuarentena y haber vivido intensamente mi derecho a amar, a desear y a vivir lo más plenamente posible que pueda. Sueño con que mi pareja y yo podamos ser lo suficientemente inteligentes, o más bien sabios, como para crear el método que nos funcione.

Pero sé que para que realmente sea posible, primero debo renunciar a la idea meramente romántica del amor, y luego, debo ejercitar diariamente el difícil arte del despego. Despertarme cada día y saber que la individualidad de ese ser y yo es algo tan intrínseco como insalvable. Que nunca será mío, que nunca seré suya. Que nunca podré  saber exactamente lo que siente o piensa, ni él tampoco. Que somos una pequeña parte de lo que somos que es lo que vivimos desde nuestro consciente y que no hay manera de que podamos conocernos del todo, ni siquiera a nosotros mismos.

Bajo la aceptación de ese precepto, para mí inalienable, quizá sea posible caminar juntos por mucho tiempo. Sabiendo que nunca nos perteneceremos.


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