Al Amor de mi Vïda: La llegada

Escribía. Escribía sobre ti, para ti. Quería construir con palabras un hijo firme que te atara a mí, que te impidiera irte. Ahora que lo pienso, lo hice siempre. Desde que nos inventamos aquellos emails exclusivos, con una clave cursi que los dos conocíamos. Ahí solo nos escribíamos tú y yo. Tú y yo en ese universo al que le puse nombre, un país, unos personajes. Nuestro mundo.

Tan naif y tan profundamente erótico y complejo. Sin darme cuenta, mientras pensaba que me aprestaba a vivir una aventura más con alguien que me gustaba mucho, fui hundiendo mi voluntad en la arena movediza del amor verdadero. Ese que simplemente surgió e invadió todos mis huesos, mis latidos, mis sentidos.

Me detengo. Me detengo y respiro de nuevo la atmósfera de tu presencia reciente en mis cosas. Tú, en mi casa. Tú, en este espacio que he recreado a tu margen y que sin embargo, te llamaba a gritos. Necesitaba de tu presencia para legitimar que existe, que está bien…

La alegría dolorosa de verte de nuevo. De vernos y constatar que el paso del tiempo es lo único que certifica lo auténtico, lo sentido. Que por encima de todo, de todo, y de tanto, está ese sentimiento bueno, puro, genuino. Ese que pone por encima lo amado y su bienestar, que cualquier orgullo o egoísmo.

Sonrío, suspiro. Lloré un poco de emoción. De pena. En la soledad donde ya no estabas revivía tu mirada y las arrugas que ya se perfilan alrededor de tus ojos, que enrojecidos, leían conmigo algunas de las tantas cartas que te he escrito, en las que he desangrado tu ausencia a base de letras.

Pero no hubo ni un beso acaso. Las cabezas se movieron instintivas al saludar, al despedirnos. ¡Qué cosa torpe el saludo en la mejilla entre dos que han sabido besarse tanto, jadeantes y desnudos! Pero algo me impedía acercarme. Que nada estropeara tu presencia. Que te sintieras cómodo, seguro en mi lugar. Este que es también tu lugar. Para cuando necesites salirte del papel de hombre correcto. Para cuando quieras soñarte años atrás y sacar ese niño juguetón que tanto me sedujo, que me llevó a reinventarme para ti, a vivir fabulando sorpresas, lencerías, bailes, geles de baño, aceites, masajes…

Era tan feliz inventando tu alegría, tu locura. Trayéndote conmigo de la mano en bajada, sin barandillas.  Exprimiendo esa pasión que nunca me ha abandonado. Esa que se quedó congelada hace unas horas, todavía solo unas horas, cuando tus manos tan cerca de mío gesticulaban…

Tú en mi sofá rojo. A tan poca distancia de mi boca. Y yo sin saber si esta mujer que ya se asienta en la madurez todavía te atrae. Y yo ahora con unas ansias de recuperar un poco de aquella mujer que se desdoblaba para ti, que lloraba orgasmos y volaba contigo toda la ciudad.

Y me digo que es algo bueno. Que te haya visto tan sexy que tenga ganas de parecerme a aquella veinteañera descarada que te enamoró, a base de chistes, de invenciones, de hilos conductores transparentes, y palabras, siempre palabras, escritas, habladas, palabras… besos, gemidos, un corazón abierto y una juventud vibrante…  Un amor prohibido y por ello infinitamente más excitante.

Y respiro de nuevo. El tiempo también me ha permitido ver que era y es más que eso. No es  solo por prohibido. Es que más allá de lo prohibido, estábamos destinados a ser, a “sernos”. Y eso ahora lo entiendo y lo acepto.

Decido que mi vida es mejor si estás de mi lado, cerca. Que no es justo que te quiera tanto y esté lejos. Y sé que hay ahí una trampa. La reconozco y la observo. Quiero ser, ante todo honesta.

¿Y si he partido de las premisas equivocadas? ¿Y si mi ser, esta cosa huraña que necesita de su soledad y su libre albedrío, prefiere la idea de tener cerca al hombre que ama a tragarse su amor distante y seca? ¿Y si la lógica es que no hay lógica?

La duda de si la madurez adquirida nos permitiría vivir una historia más plácida, menos incandescente. ¿Será que yo podré asumir como normal y sano disponer de tu amor y disfrutarlo a ratos? ¿Será que dejarás de tener celos de lo que pueda encontrarme por el camino?

¿Podríamos superar el miedo a una nueva ruptura? ¿Sería capaz de seguir siendo para siempre tu amante, que juguetona comparte su libertad contigo, que te tiene y te retiene en su vida, y envejece a tu vera?

¿O es que estoy delirando, amor? ¿Mi amor, deliro? ¿O la idea de darte y darnos todo lo que hemos contenido, obviado y hasta derrochado para evitar rebozarnos durante todos estos años, es realmente tan hermosa como me suena ahora? ¿Será que tu vida también podría ser más plena y hermosa si yo estoy bien cerca?

Esta carta me está saliendo larga. Como una sinfonía. Tiene movimientos suaves y de pronto se torna intensa. Asusta a ratos, quizá. Está escrita con el temor de provocar espanto. Quiere ser leída como una reflexión al desnudo, en voz alta, apenas unos días después de tan ansiado encuentro, de la llegada de ti a esta vida que se abre ante ti como una estela de amor y ternura. Como una mujer que desde su estudio se pregunta si por fin ha entendido la vida. Si admitiendo lo que en lo más profundo de su ser quiere, la vida se lo conceda, tal y como tenga que ser, en la medida que quiera.


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