La persona que soy ahora

Si un día te descubres teniendo un destello de lucidez en medio del ritual repetitivo y lastimoso de la autocompasión victimizada que te dice con frialdad: “si fuera yo no me enamoraría de la persona que soy en este momento”, despierta.

Dicen que volver a cerrar los ojos luego de haber visto es bastante peor que no haberlos abierto nunca. Si en medio de los patéticos “nadie me quiere”, “por qué yo”, “todo el mundo va teniendo pareja menos yo”, “qué pasa conmigo” ,“por qué  mi pareja no me hace feliz”… que no llevan más que a profundizar el hoyo por donde se va yendo la vida, la energía y las posibilidades de acción, algo dentro reacciona, un dejo de valentía y objetividad se alza y logra hacer  insight tan poderoso como ese, no es para que arruguemos la cara en la almohada y nos lloremos como si viéramos pasar por delante nuestro propio funeral, sino para que podamos asumir que algo puede que esté yendo muy mal con nosotros.

Esa afirmación no puede ser otra cosa que la revelación de que no nos estamos gustando a nosotros mismos. Y no siempre se trata de un superficial “estoy subido de peso”, “mi rostro ya no es el mismo que hace veinte años”. Se trata de que las decisiones, acciones y omisiones que hemos elegido en la vida nos han convertido en alguien que en ese momento no nos resulta digno de amor.

Así de simple y claro. Hemos oído mil veces lo de que primero tenemos que estar bien con nosotros mismos y solo así podremos estar bien con alguien más. Y estar bien consigo mismo no es una pose, no es una postura a exhibir en las Redes Sociales, no es simplemente tener momentos en los que nos sentimos bien, y el ego se siente estimulado por una palabra aduladora, o la adrenalina de algún éxito transitorio. Es mucho más profundo y complejo. Significa estar en paz con todos y cada uno de nuestros actos, con toda nuestra circunstancia en su conjunto, con cómo vamos resolviendo nuestros conflictos internos y externos,  con lo que dejamos permanecer en nuestra vida, con lo que sacamos, y lo nuevo que somos capaces de atraer a ella.

Solo nosotros conocemos el cuadro completo. Ese de las cosas que no compartimos con los demás. El de los rituales de autocastigo, el de los hábitos nocivos, el de las pequeñas torturas en la soledad del carro, del baño, de la casa. Ese vaivén terrible de la mente en silencio. Esa que nos hace pasar de ser auténticos demonios con un pensamiento irrepetible,  a gente normal que piensa en el pan que hay llevar a casa, e incluso a buenas personas que sienten compasión, en fracciones de segundos.

 Es todo tan rápido, que hay que trabajar, y moverse como robots contra reloj. Hacer esto, aquello, resolver esto lo otro. Socializar que es importante, sonreír, vestirse, aparentar, aparentar, aparentar, ser tanto tiempo lo que esperan que seamos en el entorno, ser coherentes que esa imagen que un día decidimos dar, que nuestra voz cada vez menos la escuchamos.

Estando solos o estando en pareja, podemos irnos alejando tanto de nosotros mismos que rehuimos por reflejo a vernos sin ropajes ni caretas frente al espejo. No estamos bien y lo sabemos pero lo tapamos con trabajo, con sustancias, con compulsión sexual, con juegos de seducción o de poder (tan frecuentemente mezclados y tan destructivos siempre).

Entonces, en lugar de renovar esa mañana nuevamente el contrato con todo lo que nos hace daño, atrevámonos a identificar qué aspectos nos hacen rechazar a esa persona, y en lugar de sentarnos a esperar el milagro de nuestra pareja o alguien venga y nos salve, entendamos que salvarnos solo está en nuestras propias manos. Dibujemos una imagen que nos guste, que nos encaje, que nos haga clic. Hay que hacerlo, es urgente, es imperativo y no es cierto que hay tiempo para postergarlo más. Hay que comprometerse a que cuando la voz vuelva a preguntar, respondamos: “yo, yo me enamoraría locamente de la persona que soy ahora. Si fuera yo, no me dejaría escapar jamás”.


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