De mi seguidora Pachy Ramírez: How I met Laura Lló

Domingo 19 de junio, con todas las probabilidades de lluvia del mes (había lavado el carro).

Un día como hoy, hace 6 años...habíamos tenido nuestro primer intercambio de correos. Yo de freca, trascendía y la "más fan", me había animado a escribirle aquel sábado del 2010, día en el que ella había publicado la Carta Peligrosa dedicada a "Aquel que me dio ese NO beso".

Recuerdo muy bien ese día. ¿Cómo olvidarlo? ¿Cómo olvidar ese ímpetu que me llevó a contarle a Laura que mi susodicho me había escrito para no dejara de leer la página 46 de Diario Libre...porque pareciera que fui yo quien la había escrito para él? 

Este domingo era un día perfecto para que finalmente se me diera: ponerle rostro a mi escritora favorita, Laura Lló.

No puedo negar que ese café dominguero me supo al café que uno disfruta tanto en una terracita europea viendo gente bonita pasar. Mientras lo tomaba, no dejaba de pensar y hacer apuestas en mi cabeza de cómo sería mi encuentro con ella. 

A penas eran las 10 de la mañana, y ya estaba (sinceramente, desde el día anterior) pensando en qué me iba a poner de vestir. Pensaba en un vestidito veraniego, de esos de florecitas...de los que la coquetería puede quedar a un segundo plano cuando lo mezclas con esa inocencia, y ese "Ay! No era mi intención ponerme tan linda" que tienen esos vestidos.

No sé con certeza si eran los nervios que le dan a una cuando va a tener una primera cita. Quizás exagero. 

Pero aseguro que me sentía que iba a conocer a una gran celebridad, a la que siempre idealicé...a la que le puse diferentes sonrisas, color de pelo....corte...aroma, porte...

Siempre me creí que era "su lectora favorita", su consentida. Quizás fue siempre muy pretencioso de mi parte. Pero me ponía “contentosa” pensarlo.

Y bueno, el hecho de que finalmente se me diera ese "junte"..... Ja! 

Habíamos acordado vernos al final de la tarde. Cuando el caloraso bajara un poco. 

Seguía despejado el cielo.

Lo había planificado todo en mi cabeza (esto de trabajar en Producción no me permite menos de ahí): Locación, tipo de bebida, la música que debería estar sonando, los temas de conversación. En fin, el guión mental estaba casi listo.

El plan debe salir tal cual (aunque sea el B o el C). Pero el plan! Y nada, llegó el “Call time”.Yo había elegido el lugar. Con más "miedo que vergüenza". No quería ir a un sitio ni muy allá...ni menos de lo que ella ameritara.  Al final, elegí una de esas terrazas de la Ciudad Colonial. Quería ir a “coger freco pa’ la Zona” con ella.

Claro, llegué de primerita. Abusé de la puntualidad. Mi primera tarea era volver loco al mesero eligiendo la mesa. Ya él me había tachado de “intensa”. Y a mi “quemimporta”. El fin era tener la mejor y más cómoda.

Mesa elegida, ahora tocaba el turno de la música. Ahí me relajé un poco, porque quería que algo fluyera. No quería seguir forzando. Jaja. Y fluyó: sonaba “Ilegal” de Cultura Profética. Sonreí ligeramente, como quién no debe joder más. Hasta que sonó el molestoso anuncio a quién no ha pagado el paquete Premium de Spotify. Se rompió ese momentico. Me estresé de nuevo.

Era la hora en punto. Ya los nervios se empezaban a revolotear más. Y yo presumiendo tranquilidad.

Empecé hacer llamadas pendientes. De esas que una hace cuando quiere verse ocupada. Sólo una me contestó y fue tan breve como: “Hola, te devuelvo en un momento que estoy haciendo algo”. Me rendí.

Se me ocurrió pedir un trago, pero quería esperarla… para que no pareciera (o se diera cuenta) que había llegado al sitio 20 minutos antes. Quizás 30.

Respiré, me relajé y cooperé…y me puse a ver gente linda.

La música ya no importaba. Más nunca le presté atención. En mi cabeza sonaba "Bistro Fada" de Stephane Wrembel…sountrack de una de mis películas favoritas de Woody Allen: “Midnight in Paris”.

 

Repasaba por dentro el saludo que le daría. El primer tema de conversación. Si me portaba como la “lectora favorita” o como una seguidora común y corriente. Pero no, lo común ni lo corriente se me dan muy bien.

Y seguí pensando. Será rubia o tendrá ese color envidiable que tienen algunas…como la canela? Será tan divertida como escribe o será tan tímida como yo? Quién pondrá los temas de conversación?

Caí en cuenta que la tenía muy idealizada. A lo mejor me había hecho un “cocote” con una mujer como la que yo quería ser o como la que quería verme. Algo así de ser como ella. De tener esa libertad de vivir todo tan intenso, las relaciones, los amores…los desamores…el sexo…la vida en sí.

Me abstraí.

En ese momento pasaba poquita gente. Y con una luz de atardecer casi perfecta (algunos le llaman “la hora mágica” o “la hora bruja”), de repente la vi. Chocamos miradas y supe que era ella. Ya venía sonriéndome.

Era evidente que venía de la playa. Tenía un delicado vestido beige tejido, de esos que si no eres muy voluptuosa, queda holgadito. Un cárdigan de un tono más rosa. Unas sandalias, y un bolso largo. Gafas oscuras. Pelo ondulado natural, y para mi sorpresa, de tono oscuro. Vestía un tancito fresco. Acabadito de tener. Mejillas tostadas. Casi nada de maquillaje.

Venía con una botellita de agua en la mano, una de dos: el sol la había deshidratado…o era de esas mujeres que viven su vida a un nivel “fit hardcore” que no sueltan esa botellita por nada del mundo. Para ser sincera, a mi me pareció que era por culpa de algunos tragos tropicalosos que había compartido horas antes bajo el tetero de este sol caribeño.

Mientras yo, abstraída, pensaba todas las probabilidades de la jodía botellita de agua… Llegó ella! Y de inmediato me incorporé, medio torpe claro, la saludé como si la conociera de toda la vida…con un gran abrazo. Ella no se lo esperaba, pero lo correspondió.

Nos sentamos de inmediato, le pregunté si estaba a gusto en la mesa, que qué tal su día, que si estaba en la playa y si ya quería ordenar su bebida. Todo junto. Como era de esperarse, casi ahogándome.

Ella, pausada, me fue contestando una a una. Respiré. Su manera pausada y relajada me invitaba a seguirle la corriente.

Ordenamos. Ella no quería ligar. Pidió un Gin & Tonic. Yo me fui con un mojito. Los atardeceres me saben a menta.

Seguía sin llover.

Mientras “el hacha va y viene”, ella terminó su botellita de agua, al tiempo que me decía: “Tú sabes, para nivelar el alcohol y no dejarte beber sola”. Jaja. Mi suposición fue acertada.

De entrada, era casi tal como me la imaginaba. Quizás un poquito más tímida de lo que la leía. Quizás todavía no había entrado en confianza. “Déjame darle tiempo”, me dije.

Y seguíamos hablando. Obvio, los temas de conversación…no iban PARA NADA con el guión que había escrito en mi cabeza: eran mejor.

Quiso saber de mí, de mi trabajo…tenía curiosidad sobre lo que realmente yo hacía en mi trabajo. Le iba contando, le explicaba en qué consistía mis funciones en cualquier rodaje…ella, como un niño…me seguía preguntando. Y yo, muy cómoda…iba contándole (siempre con mis paréntesis).

Mi mojito se iba acabando muy pronto (quizás los nervios bebían por mí, odio hablar de mi). Parecía que yo tenía sed. Ella disfrutaba pausadamente su gintonic. Como que nadie la esperaba. Y a fin de cuentas, así era: nadie nos esperaba.Con el último sorbito de mi primer mojito, me picó la curiosidad. Mejor dicho, se me fue la timidez y arranqué a atacarla con mis preguntas. Todas las preguntas que había tenido todos estos años de leerla y seguir sus textos.

Fui directa. Como quien no tiene nada que perder y la abordé con el tema que tanto me intriga: “El Amor de su vida”. Yo sólo quería saber lo que pasaba realmente y el por qué no estaban juntos.

Ella, con su pausa y simpatía en los ojos, me respondió que si me lo contaba todo, entonces me mataría el interés de leer sus “Cartas Peligrosas” para el susodicho…y que no quería perder a una de sus lectoras favoritas. Yo, como quien se defiende de alguna acusación, le respondí que jamás ocurriría eso. Que nunca perdería el interés por esas cartas, ni por esas ficciones…ni por esas letras peligrosas.

Ella insistió en que si me contaba el final (y sus porqués), entonces me quitaría la emoción cuando ella escribiera esa carta final al “amor de su vida”. Como mi último recurso y defensa final, le dije que entendía que una historia de amor verdadera que aún no tiene un final feliz…es porque no ha terminado.

Ella se sonrío levemente y sólo me dijo: “Ay Pachy”. Una frase en la que sentí que toda la experiencia de Laura estaba en ella. Como si me dijera: “Si tú supieras…”.

No insistí más. Y como es de esperarse, me rebobiné y me puse tímida de nuevo.

Me fijé en que no había llovido, finalmente.

Ella rompió el hielo e interrumpió ese silencio de reflexión y me preguntó: “Y este mini guión que has escrito sobre cómo nos conoceríamos y cómo sería ese encuentro de nosotras…se pudiera filmar…así como una de esas películas en las que trabajas?”.

Me morí de la risa y asentí con la cabeza.

Luego le pregunté: ¿Qué le agregarías tú?

Ella dijo: “Quizás el título”.

Le respondí: “Mejor el final. Cuando empiezo a escribir una historia…por lo general…es porque ya sé cómo acabará. Y ésta es de esas excepciones…donde aún no sé cómo acabarla”.

Y ella dijo: “Quizás porque apenas empieza”.

Fin.

 

PR

Epílogo: Hasta que le dije: “¿sabías que esto es parte de algo que estoy escribiendo, una Ficción, claro….de cómo yo te conocería o cómo te imagino?”. Ella contestó: “claro".


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