#HowYouMetLauraLlo De mi seguidora Madelaine Leo Espinal: Un café para el alma

Desperté una mañana de un día cualquiera, ya no recuerdo la fecha,  recuerdo  que parecía un zombie  porque no pude dormir nada la noche anterior, salvo escasos minutos antes que saliera el sol.

Tenía  un mal de amores atragantado y rompiéndome el pecho así que lo primero que pensé fue en Laura y sus “Cartas peligrosas”.

La llamé, alguien que no recuerdo me dio un número para poder hablarle y  afortunadamente  la conseguí, no hablé directamente con ella sino con una señora que me dijo ser su asistente y a través de la cual   acordamos vernos en una repostería de moda en horas de la tarde.

No tenía idea de cómo era la “Real Laura” y del tiro olvidé preguntar, después me pareció absurdo llamar otra vez para hacer tan tonta pregunta y lo dejé a mi intuición.

Era grande mi desesperación por hablar con alguien y contarle lo que estaba viviendo, me habían botado y yo estaba destrozada.

Llegué temprano porque la ansiedad de lo que sentía me estaba matando,  pedí un café, sin medir consecuencias del acelere que me provocaría.    

Estuve largo rato sentada allí  y nada llegaba a mi pensamiento, imaginé muchas veces el saludo inicial,  mire los árboles en cuyas copas anidaban las aves. Era una tarde fresca.

De pronto  comencé a imaginar cómo sería aquella chica de papel que yo leía siempre.  Supuse que debía ser una chica simpática, agradable (después de la segunda mirada) porque a la primera debía tener ese aire medio privón que caracteriza las chicas cultas y leídas, seguras de sí mismas e independientes.

Pensé, no sé por qué, que debía tener ojos grandes y cafés, nariz pronunciada y labios de muñequita de porcelana china, chiquitos y perfectos. No la imaginé gruesa ni delgada, realmente pensé que debía tener algunos 35 años y que debía ser de tez blanca y cuerpo característico de dominicana, estatura  quizá fuera del promedio entre las mujeres de este país que normalmente son pequeñas pero a Laura la imaginé algo más allá que el promedio.

Su cabello, seguro era castaño y lacio con rizos suaves y naturales, mediana melena que movía de forma coqueta al voltear para ver algo o alguien.

Imaginé sus manos muy bien arregladas, dedos largos y finos con uñas muy bien pintadas y un anillo de graduación que llevaría  con orgullo.

Sus pies tan arreglados como sus manos, vestidos con unas lindas sandalias color crema.

No pensé que su ropa fuera a descocotar  a ningún mortal, al menos no ese día porque su encuentro sería conmigo así que imaginé que llegaría con unos pulcros jeans y una blusa muy linda y bien planchada, blanca y a rayas tenues. Poco maquillaje y un perfume suave. Ah y su bolso seguro era de esos anchos en los que las mujeres metemos todo lo que no encontramos dónde echar.

Así iba yo matando el tiempo   para no seguir pensando en mi tormentoso presente y sin darme cuenta me alejé bastante de mi sufrimiento cuando una chica casi tan igual a la que había imaginado me dijo sonriendo “Hola, soy Laura”.

Jamás supe como ella me intuyó primero pero recuerdo un saludo cortés y educado sin mucha efusividad, mucha compostura y sentarnos en aquella terraza de aquella hermosa repostería de entonces que ya no está.

Ella se sentó con mucha naturalidad, si alguien nos veía pensaría que éramos  viejas amigas y sí, tal vez ya lo éramos porque de tanto leerla sentía que la conocía de tiempo atrás.

Le pregunté qué tomaría y ella se decidió por un capuchino con crema y yo decidí acompañarla y nueva vez tomé café.

Estuvimos  hablando   un rato que me pareció corto, esta chica es buena para conversar sin aburrir y la conversación varió entre ella y sus escritos hasta la primera vez que yo me enamoré.

Al final llegó el momento que había estado evitando,  hablarle del motivo por el cual la contacté y terminé desahogando mis penas en una total desconocida que de cortés ya se había vuelto valiente, tanto como para sugerirme que en lugar de llorar le hablara a mi tormento y le explicara por qué me sentía tan destrozada como me sentía y que después enjugara mis lágrimas y ya lo dejara ir de mi alma.

Me atreví a pedirle que armara todo un escrito con aquella triste historia mía pero me dijo que no, muy sutilmente, que dentro de poco me daría cuenta que mi historia no contaba una “carta tan peligrosa” como las que a ella le gustan y le pasan.

Discutimos un rato acerca de esa idea y yo, insistente, le seguía proponiendo algo que nunca ha hecho, escribir mi historia como si fuera suya pero Laura es una mujer decidida y difícil de convencer así que se mantuvo en su sutil “no” que salía suave y lindo de sus labios y esbozando una sonrisa.

Al rato de varios intentos ella me convenció a mí y decidido  esto nos despedimos, yo agradecida y menos cargada y ella fresca y ligera.

 Me abrazó, algo más cercana para el adiós, me sostuvo un momento por los hombros y me miró a los ojos de frente con una mirada franca que  parecía decirme “no te preocupes que todo pasa”.

Quedé así, de pie y vi como desapareció al salir del lugar doblando a la derecha en la primera esquina.

Esa noche pagué caso el efecto de la cafeína y lloré por última vez aquel amor que se había ido de mi vida para siempre.

Desde entonces no he vuelto a verla y desde entonces no he dejado de leerla.

Gracias siempre Laura Lló, hoy puedo decirte lo mucho que me ayudaste a salvar en aquel momento mi vida.

Madelaine Leo Espinal.


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