Los placebos del Amor
La ausencia prolongada de amor va endureciendo el alma. De pronto nos descubrimos capaces de una frialdad que antes jamás imaginamos. Se va relajando el concepto porque ya no es sublime, inmaculado, todopoderoso.
Si ya no podemos aspirar al Gran Amor, entonces aceptamos que todo lo demás serán burdas réplicas. Nos conformamos. Nos transamos para no perderlo por completo. Luchamos por quedarnos con algo al menos parecido.

Es un tema difícil. Es un tema donde nuestra opinión abierta no suele ser coherente con nuestra reacción cuando somos víctima de una infidelidad en carne propia. Es fácil hablar de la lógica de la imposibilidad de no desear a otra persona por los siglos de los siglos. De mantenernos enamorados permanentemente, en tener la fuerza y en temple para no pecar ni de pensamiento, ni de palabra, ni de acción. Por mi culpa, por mi gran culpa.
Dentro del universo de solteras que conozco, hay un nicho en particular que son las separadas que tienen un “amor tormentoso”. Alegan ellas que no es la persona que las llena, que tienen una relación de esas en las que el hombre aparece y desaparece, pero lo aguantan años y años porque prefieren tener a un amante “fijo”, conocido, que estar “loqueando”.
El lamento continúa. Nos cantamos y nos lloramos. Nos enredamos. Nos reunimos para criticarlos. A los que están alrededor mirándonos, a los últimos con los que salimos. Tenemos mucho más claro todo lo que no queremos, pero a veces el listado se contradice con lo que sí queremos. No queremos tontos, no queremos perdedores, no queremos amargados ni pusilánimes. Queremos hombres especiales, amables, que nos mimen pero que respeten nuestra independencia. Queremos que sean caballerosos, pero no queremos cargar con sus problemas. Que sean unos tígueres, pero solo con nosotras. Que se interesen por nosotras y estén atentos a si otro nos desea, pero que no nos agobien con celos…
